Trigger warning: La siguiente historia contiene detonantes que mencionan intentos de suicidio, conducta autodestructiva y brotes psicóticos.
Estoy en medio de un episodio mixto: hipomanía con picos muy depresivos.
Nunca he sido una mujer de fe. Llevo tres años en tratamiento desde mi primer brote psicótico: un delirio de ruina acompañado de otro de persecución que culminó en un intento de suicidio, mezclando clonazepam y alcohol. Después llegó el diagnóstico, tras tres días de inconsciencia: Trastorno Límite de la Personalidad y Trastorno Bipolar tipo II. A partir de ese momento, ingiero diariamente siete pastillas para estabilizarme emocional y afectivamente. Escucho voces.
Si fracaso durante el año —es decir, si las cosas no salen como las planeé, lo cual suele pasar—, mi cuerpo recuerda los accidentes afectivos previos a medicarme. Empiezo a ciclar los últimos meses del año. Me encierro. Me aíslo uno o dos meses, o hasta que el año termina. Descuido mis rutinas, la comida, la higiene. Busco liberar dopamina de la manera fácil, en exceso, por medio de alcohol, sexo y drogas; me vuelvo desafiante ante la autoridad. Luego llega la culpa, con depresión psicótica, que se fija en colorear más oscuras las líneas de la palabra fra-ca-sa-da.
Tengo en mente la premisa de Fleabag: el camino de redención de una mujer sin nombre que intenta ser buena, aunque sus vacíos la impulsen una y otra vez a malas decisiones. Lo peor que hace es acostarse con el novio de su mejor amiga, quien termina suicidándose; así, pierde a la única persona que la escuchaba. Su desborde emocional la vuelve adicta al sexo y, cuando por fin se enamora, descubre que no era exactamente amor, sino el deseo de ser vista por un sacerdote atractivo, o más bien por un hombre bueno. Aun así, ese “amor platónico” le da valor suficiente para perdonarse, porque le devuelve la fe en su propia imperfección para encontrar estabilidad. Buscar la normalidad, a veces, es un acto de fe, como buscar a Dios.
El tiempo es relativo para encontrar estabilidad. Tres años pueden ser poco o mucho dependiendo de la perspectiva desde la que se mire: es mucho para ver semanalmente a un psiquiatra, pero es poco para recuperarse de un brote psicótico donde las emociones fluctuarán toda la vida. Cada fin de año empiezo a caminar por la cuerda floja. Soy una persona cuya única conformidad es ser multidisciplinaria: las ideas van muy rápido. Puedo mudarme de departamento, pintarlo, escribir un anteproyecto de doctorado, una entrada de Substack, ser muy eficiente en mi trabajo, hablar rapidísimo, pero también estar enojada. Vuelve el bruxismo; es decir, me acabo las muelas.
Es difícil tener una habitación en mi cabeza. Los pensamientos se imponen unos a otros y los ojos se me fatigan cuando sienten el invierno comerse lentamente mis calcetines. La fuerza de otra voz —una más perversa, exigente, una mujer estilo Anna Wintour— me dice que nada es suficiente. Saco una fuerza sobrehumana: quiero correr dos mundos, pero también se me atraviesa otra calle de tristeza que, en psiquiatría, se llama delirio de ruina. Un delirio con una base nihilista, encontrado en los trastornos esquizoafectivos, principalmente en el Síndrome de Cotard (cuando una persona cree que se está pudriendo en vida). Siento que he perdido dinero, trabajo, bienes, relaciones, incluso cuando la evidencia demuestra lo contrario. A veces, la sensación se extiende al cuerpo o a la vida misma: empiezo a creer que mi cuerpo está destruido o enfermo, que mis órganos no funcionan o que ya no existo como ser vivo, pero solamente transito por problemas existenciales y neologismos sistémicos que afectan a mi generación: outsourcing, rentas estratosféricas, relaciones a distancia.
Cuando termina el delirio, posiblemente ya me haya expuesto a situaciones muy vulnerables: haber gastado en ropa que jamás me pondría porque no es de mi talla, haber cogido con gente despreciable, consumir drogas hasta el pasón o faltar al trabajo una semana completa.
Tener fe es parte de una semántica de palabras que se arraigan a la vida —amor, bondad, compasión— y que buscan encajar en algún tipo de normalidad después de una pérdida, incluso de la psique. Me estoy quitando las muletas porque me independicé y vivo sola; todo depende de creer en los hallazgos durante el caótico proceso de querer mejorar. Tengo una idea meritocrática del perfeccionismo: no eres nadie hasta que demuestres lo contrario.

Para eso sirven los círculos de apoyo para quitarte el encabalgamiento hacia el fracaso.
Mi sistema de recompensa está atrofiado. Me llena transformar mis propias palabras y tener ideas, como los locos y los filósofos. Tuve dos logros importantes: publicar mi libro Prácticas de natación y publicar en la revista Letras Libres. Eso me llena en silencio; me empodera para llegar a una sola conclusión:
Sentir que no haces nada es equivalente a poder hacerlo todo.
Recaer o recuperarme: esa es la magia del libre albedrío. En eso se reducen los actos de fe: en caer al vacío de cada decisión guiada por el agradecimiento a actos supremos que no sabemos si existen, pero necesitamos. Después de aquel brote psicótico, me tomó tres años recuperarme. Trabajo con dos terapeutas que dicen que voy excelente, aunque yo sienta lo contrario.
Empecé a creer en algo: así como Fleabag creyó en las coincidencias de la Biblia, yo creo en el agradecimiento de las nimiedades que explica el budismo. Kshanti.
Hoy tengo un episodio mixto. Escribo esto con una energía depresiva, pero todo está bajo control.
Escribo. No estoy recayendo. Esa imperfección emocional es un color amarillo, como un foco: Tengo fe, una aureola encima de mi cabeza.
Noviembre, 2025


