Cuando pienso en el intercambio de ideas, imagino una sobremesa donde nadie se agrede y el ad hominem solo aparece para pedir la sal. Cuando pienso en la libertad de expresión, pienso en alguien que puede ejercer el debate sin recaer en las vulnerabilidades del pasado ni resaltar las características personales de cualquier identidad diversa.
En los últimos años, han surgido en Estados Unidos influencers y formadores de opinión de ultraderecha que han ganado audiencia precisamente por su estilo demagógico, cargado de emociones y apelaciones directas al público. El debate se ha convertido en un show business de la razón. Personajes como Candace Owens, Charlie Kirk y Nick Fuentes han transformado las discusiones estructuradas de nuestra generación en discursos de odio que apelan a las fake news, la supremacía racial y la meritocracia.
Kant distingue entre la razón pura (conocer lo que es) y la razón práctica (decidir lo que debemos hacer). Ante estos nuevos formatos de intolerancia en las plataformas digitales, lo tradicional se resiste a la diversidad. Una cosa es lo que se presentó como mandato divino y otra, la comprensión de la existencia de identidades diversas con necesidades, obligaciones y derechos para equilibrarnos social y culturalmente. El ejercicio demagógico moderno apela a los prejuicios, miedos y emociones de la gente para obtener apoyo, coludiéndose con figuras como Steve Bannon, Elon Musk y Donald Trump.
En este sentido, los líderes digitales de extrema derecha actúan bajo la lógica de construir un “nosotros” frente a un “ellos” amenazante. Simplifican los conflictos en términos de bien y mal, y emplean tácticas de propaganda y desinformación. Al igual que los líderes neoconservadores de América Latina estudiados por Morán Faúndes (2023), esta nueva ultraderecha digital construye discursos de “rebeldía” y épica juvenil mientras disputa con narrativas emancipadoras. Estas capas retóricas se materializan en videos bien producidos, clips virales donde su contrincante queda desarmado en silencio y debates agresivos diseñados para la espectacularidad.
La tradición estadounidense de debates públicos profundos se remonta a mucho antes, pero adquirió un nuevo matiz con el primer debate televisado en 1960. El 26 de septiembre de ese año, los candidatos presidenciales John F. Kennedy y Richard Nixon se enfrentaron en una transmisión por CBS que vieron 70 millones de personas. Este hecho marcó un hito: mostraba cómo la confrontación abierta de ideas podía influir en la opinión pública. En aquel debate, la diferencia la marcó tanto lo verbal como lo visual: Kennedy, mucho más joven, se preparó detalladamente —maquillaje, postura, mirada al público— para aprovechar la novedad de la televisión. Hoy, los influencers aplican estrategias similares. Invierten en equipo de grabación y cuidan cuidadosamente su imagen, usando trajes formales para diferenciarse de la Generación Z, asociada a TikTok.
Desde entonces, los debates en Estados Unidos se consolidaron como un entrenamiento intelectual y cívico, casi como un deporte para la mente. Esta práctica prepara a los participantes para la vida ciudadana; por eso existen clubes de debate en escuelas y universidades (como Harvard, Yale o Princeton) y competencias nacionales. En una democracia, el debate se vincula con la ciudadanía activa: opinar y argumentar es esencial y debe ejercerse mediante la libertad de expresión argumentativa, evitando radicalismos y ataques ad hominem.

En contraste, las recientes apariciones de influencers de ultraderecha se realizan a menudo en escenarios simbólicos de los campus universitarios, que ofrecen visibilidad masiva, grabaciones virales y exposición en redes. Aunque muchos de ellos no han completado estudios universitarios, su habilidad retórica y estilo mediático les permite sobresalir en el formato espectáculo, aunque no necesariamente en rigor académico. Su performance amplifica su mensaje y genera material que otros creadores de contenido, como youtubers, pueden reaccionar y difundir, potenciando el marketing de su discurso y su alcance digital.
Actualmente, debatir es una paradoja: en lugar de exponer argumentos racionales, los intercambios se ven salpicados por información falsa y estrategias de distracción emocional. La imagen histórica del primer debate televisado se ha distorsionado y hoy se ve amenazada por mensajes demagógicos y manipulación informativa. Cuando Charlie Kirk reduce a una mujer únicamente a sus características biológicas, excluye a una generación de mujeres trans que han ganado derechos de reconocimiento. Cuando Candace Owens afirma que ningún afroamericano quiere vivir en zonas pobres, discrimina a todas las personas racializadas que enfrentan retos vinculados a la migración, la enfermedad o la marginación del sistema. Y cuando Nick Fuentes sostiene que nadie es apto para ser un verdadero conservador, la discriminación aparece de manera irónica: ¿quiénes son entonces los verdaderos seres humanos con derechos?
Las revoluciones de pensamiento —el periodo científico del siglo XVI, la Ilustración, la Independencia, el Marxismo, los Derechos Civiles y ahora la Revolución Digital— han provocado cambios masivos en las ideas que transformaron profundamente la sociedad, la política, la ciencia y la cultura. Cada una enfrentó sus propios retos. Por eso es importante enseñar desde temprana edad a analizar argumentos y no aceptar todo pasivamente. En 2021, Laura Santiago concluyó que hay que formar “ciudadanos críticos con la realidad”, capaces de identificar falacias y reconocer las estrategias de marketing informativo que usan los medios para formar opinión y atraer público. Esto implica ejercitar la lectura activa de noticias, contrastar fuentes y reflexionar sobre el contexto de la información (¿quién la publica y por qué?), en lugar de compartir impulsivamente contenidos virales y polémicos.
Desde la ética, se recuerda que la política debe regirse por principios de honestidad y respeto. Kant enseñó que jamás debemos usar a las personas meramente como medios para nuestros fines; el engaño y la coacción son, según el imperativo categórico, violaciones morales fundamentales. Esto implica denunciar las tácticas de manipulación (mentiras y fake news) como éticamente inaceptables.
Entre las herramientas de una sociedad civilizada destacan la alfabetización mediática (entender cómo funcionan los algoritmos y la publicidad en redes que nos atrapan en sesgos cognitivos), las campañas de verificación de hechos (fact-checking) y el fomento de la empatía en la comunicación (escuchar al “otro lado” para humanizar la discusión). Para Kirk, la empatía fue definida como “la gran mentira del siglo XXI”, el gancho perfecto de teorías conspirativas de falsa bandera, donde migrantes o personas transgénero eran señalados como protagonistas de los peores atentados del país. En resumen, el pensamiento crítico debe articularse como práctica social: aprender a cuestionar, distinguir evidencia de opinión y reflexionar sobre las consecuencias éticas de los discursos, de modo que los ciudadanos no sean meros receptores pasivos de propaganda.

La era Trump intensificó la demagogia política usando las posverdades. Es una época compleja para encontrar la verdad en palabras y noticias, por lo que muchos prefieren “placebos” como los influencers. Esa desconfianza en el discurso político ha sido tema de reflexión durante siglos. En la literatura, distopías célebres ilustran la manipulación del lenguaje: 1984, de George Orwell, describe un régimen que reescribe constantemente la verdad; El cuento de la criada, de Margaret Atwood, presenta una realidad donde los mensajes oficiales reprimen la disidencia. Ambas obras muestran cómo la literatura advierte sobre la redefinición del lenguaje como herramienta de control, algo que hoy se refleja en los filtros mediáticos que generan verdades a medias.
En la filosofía clásica, Aristóteles ya advertía que la demagogia corrompe la república: definía la política como virtuosa cuando atiende al bien común, y, por el contrario, condenaba la demagogia como “corrupción”, en la que un grupo sacraliza solo sus intereses. Siglos después, Kant resumió un principio ético fundamental: “no trates a los seres humanos meramente como medio, sino siempre como fin en sí mismos”. En la filosofía contemporánea, Hannah Arendt advirtió sobre el daño de la mentira política: escribió que el engaño sistemático “destruye la capacidad de los ciudadanos de confiar en los políticos y hacerlos responsables”. Para Arendt, la persistencia de estos fenómenos informativos constituye la base común de hechos en la sociedad que atenta contra la coexistencia democrática.
Nick Fuentes, fundador de los Groypers, considera a Charlie Kirk y a Candace Owens insuficientemente conservadores para la hegemonía cultural. Para los Groypers no existen los conservadores tibios: la agenda debe ser ultranacionalista y excluyente, una América para los blancos. Es irónico que el deceso de Charlie Kirk haya estado relacionado con Tyler Robinson, miembro activo de los Groypers de Fuentes. El universo MAGA es un espejo incómodo: la derecha institucional, pulida para el consumo juvenil, termina devorada por el radicalismo que ella misma abrió en las redes. Esta escena enseña que la posverdad no se combate con más rechazo, sino con pensamiento crítico y educación cívica. Formar ciudadanos capaces de cuestionar fuentes, contrastar argumentos y reconocer estrategias de manipulación mediática no es un lujo, sino una urgencia democrática para salir del oscurantismo digital globalizado.
La filosofía ética —de Kant a Arendt— ya lo advirtió: sin respeto moral ni responsabilidad colectiva, la libertad se erosiona desde dentro. La lección es clara: el debate es un ejercicio continuo para resistir la fascinación del odio y la comodidad de la indolencia. Aunque no compartamos opiniones, todos los seres humanos tienen, solo por existir en este pálido punto azul llamado Tierra, el derecho fundamental de compartir la mesa.
octubre, 2025



