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Sueño, sueño una casa llena de cosas. Materia. Objetos que ocupan un lugar y acumulan sombras de polvo hasta extinguirme antes que ellos. Despierto y no tengo nada, solo un cuarto luminoso que refracta las estaciones del sol y muchos libros, que absorben esa calidez entre sus hojas hasta colorearse de amarillo. Tengo 32 años y solo puedo basarme en mantras para guiarme para ir al baño, corresponder esa sinfonía estomacal que me ha despertado. La diferencia es que es el último del año, siento un golpe en el esfínter. Veo las pilas de libros, aquellos que en su momento me sedujeron antes de comprar esos objetos para llenar la casa: una estufa, un sillón más grande, un escritorio más digno, piezas que después tendrán un valor sentimental. Me dejé llevar por las ofertas de Arendt, Séneca y ahora Han; ahora sus reflexiones llenan mi casa y pagan una renta en mi conciencia mientras mi cuerpo se erosiona gracias a la falta de cuidados. Esas ediciones pudieron pagar una renta o un seguro médico, algo que no me quite el sueño. Leer como quien corre; no busco las etiquetas del shampoo para perder el tiempo y llenarme de ingredientes. Hay pensamientos que me mantenían flotando, imágenes que esperan ser pegadas en una cartulina para hacerse realidad; hoy es un día terrenal: ¿qué metas cumpliste, Mariana? Posiblemente solo traje más luz a este cuarto vacío, las mismas luces cálidas de una biblioteca, de mis paseos en la facultad, trotar en la ciudad sin vehículo porque todo se quedó a un vendedor fortuito a cambio de las palabras que necesitaba. Me cuesta levantarme, pero siempre tengo una palabra de aliento para mis padres, algo que no se escucha hueco en su casa llena de cosas. Lo único que puedo hacer es dormir, contando borreguitos de últimas frases, el aliento que se necesita antes de Año Nuevo.

